| La Afición |
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El fútbol, aparte de la lógica definición de que es un juego en el que luchan once contra once para llevar el balón dentro de la meta contraria, contiene una componente importantísima que pasa por lo emocional. Abrazos, gritos, cánticos, aplausos, celebraciones, lágrimas... todas son manifestaciones claras de la relevancia de lo que un partido puede llevar al corazón de los aficionados, haciendo desatar una serie de pasiones que, diariamente, pueden parecer escondidas a tales efectos. Pero, fuera de las reacciones concatenadas que el fútbol puede producir en la personalidad de los hinchas, la magia del balompié hace que la coyuntura que antes analizábamos suponga, además, una especie de retroalimentación, bidireccional, que va desde la grada hasta la cancha, que hace, por ejemplo, que los ánimos y griterío de los supporters desencadenen un mejor juego del club de sus amores, una más cuidada circulación del balón que deviene en ocasiones o, en el cenit de la pirámide, la consecución del tanto de la victoria.
La afirmación de la importancia de una afición que apoye y siga al equipo no es baladí. Cuando se han recorrido multitud de campos por la más variopinta geografía española, uno comienza a envidiar (sanamente) y a recordar, muy gratamente, las hinchadas de clubes que se desgañitaban, que impulsaban con sus vítores y que llevaban en volandas a por los tres puntos al once local. Baste, por citarnos un ejemplo representativo, el apego y la calidad de los hombres de Miranda de Ebro que, de ser un equipo recién ascendido y con todas las papeletas para pelear por no descender, se metieron en la liguilla de ascenso, merced, al menos en parte, al fenomenal ambiente y la cálida acogida que encontraban, tanto en su terreno de juego como en los desplazamientos que el calendario les hacía observar. Por eso, en este segundo capítulo del Tomelloso Club de Fútbol en Segunda División B (en la Segunda época de los blancos en la categoría de bronce del fútbol nacional), se hace nuevamente necesario el apoyo y la presencia de los aficionados al Municipal, generando una motivación especial para los futbolistas y guiándoles en el sendero de la victoria; haciendo del campo de la Avenida de Don Antonio Huertas un auténtico fortín en el que los rivales se muestren impotentes para desarrollar, con la complicidad de una grada fría y desatendida, su juego.
Se necesitan más demostraciones de ánimo como las que la retina no olvida y guardar con cariño y especialidad. Noches como la del ascenso ante el Don Benito, noches como la de la Copa del Rey frente a un Celta de Vigo que cayó eliminado (ese mismo año subiría a Primera para no volver a dejar la categoría hasta esta última temporada), tardes como las del año en que se permaneció invictos en Tercera (cuando equipos de la categoría del Manchego o el Puertollano se vieron incapaces de arrancar los puntos porque la atmósfera creada por el público no invitaba a ello)... tardes, en definitiva, en las que, al concluir el encuentro, uno se marcha orgulloso del Municipal y afronta, con mejor cara, lo que pueda suceder, oteando la tabla clasificatoria y sabiendo que, la afición mezcla bien con el sufrimiento y el orgullo. Se necesita afición, sí... esa bendita afición a la que, continuando con los ejemplos, el Atlético de Madrid le agradecía el apoyo en una camiseta tras haber pasado por su periplo en Segunda División. Afición sí... para lograr que el fútbol tomellosero no quede marcado por un estigma de endeblez o indiferencia. |




